lunes, 17 de abril de 2006

PUERTAS

Eran las cuatro de la madrugada y tocaba desalojar las incómodas retenciones de líquidos nocturnas. Giré el picaporte de la puerta de mi habitación todavía a medio camino entre el reino de Morfeo y mi modesto reino de 60 metros cuadrados, dispuesto a recorrer el estrecho pasillo que me separaba de mi placentero objetivo.
Al atravesar el umbral de mi puerta me dí cuenta que no estaba en mi pasillo sino que estaba en una habitación completamente desconocida. ¡Coño, pero quién a puesto esta habitación en mi casa!, pensé todavía embobado. De repente entra un señor de mediana edad que, al verme, adoptó una actitud propia de la edad media y se lanzó contra mí. Afortunadamente lo conseguí esquivar y me dirigí raudamente hacia la puerta por donde se suponía que había entrado yo y la crucé. Para mi sorpresa me encontraba en una habitación donde estaba una señora mayor que no se asustó de mi llegada.
- Disculpe buena señora, ¿donde me encuentro?
- Al lado de la lavadora.
- Ya, vale. Pero ¿en que lugar estoy?
- Está usted en Caracas.
- Y me permite preguntarle como es que no se asusta de que entre un desconocido en su casa en pijama
- Ah, es que veo muchas telenovelas. Además, mi propia vida es una telenovela.
Y se puso a contarme toda su historia. Después de tres generaciones conseguí gentilmente deshacerme de ella y abrí la puerta no sin cierto alivio.
Esta vez, ya sin asombro, estaba en una habitación donde una pareja discutía acaloradamente en idioma desconocido para mí. Pasé al lado de ellos procurando que no se dieran cuenta y recibí una bofetada de la mujer que no me tomé a mal pues sabía que yo no era su destinatario, y antes de que pudiera recuperarse de su perplejidad alcancé el manubrio de la puerta con la mejilla todavía ardiendo.
En la habitación donde me encontraba ahora no había nadie, gracias al cielo, semejaba una pequeña bodega y además de las flechas tintas y blancas de Baco tan sólo había unos sacos en el suelo. Pensé en echarme un trago que bien lo merecía y mientras degustaba este néctar divino espié el contenido de los sacos. ¡Estaban llenos de dinero! No conseguía comprenderlo hasta que alcé la vista y me fijé en una foto colgada en la pared que retrataba a un conocido ministro fundido en un abrazo con un no menos conocido empresario. Acabé la botella cogí un saco de dinero y crucé la puerta.
Esta vez sí estaba en mi habitación. Hogar, dulce hogar. Así que entre el cansancio de andar de puerta en puerta y el sopor que me había entrado por la ingestión del vino cogí el saco del dinero, lo dispuse a modo de almohada
y me eché a dormir.

7 Comments:

At abril 19, 2006 7:38 a. m., Blogger Dyitz said...

Juer, y al final ni llegaste al objetivo inicial (claro k alcanzaste uno más prometedor) Pedaza narración :D Muy buena.

 
At abril 19, 2006 2:52 p. m., Blogger Enrique Gallud Jardiel said...

Sí: las telenovelas nos inmunizan de muchas cosas. Gracias a ellas soportamos mejor los embites de la aciaga fortuna.

 
At abril 21, 2006 5:15 p. m., Blogger jorgeleiro said...

si la ingesta de líquido se fuera por las cañerías, perderíamos las elucubraciones provenientes, residuos que cohabitan y nos ayudan a tener esas perspectivas tan agradables a la realidad (a veces), Siempre controlables y con sentidiño (por si se considera apología alcohólica)

 
At abril 25, 2006 1:33 p. m., Blogger GirlFromSantiago said...

Wow, esta narración estuvo espectacular... en serio, me encantó...

Hay sueños tan reales, y hay realidades que nos invitan a soñar...

Gracias por visitarme, espero que regreses!

 
At abril 26, 2006 8:50 a. m., Blogger Gubia said...

Menuda noche, que jaleo de puertas, pero ves? al final sacaste algo en limpio...

 
At mayo 06, 2006 6:49 p. m., Blogger Meritxell said...

Lo de dormir en tales circunstancias es lo obligado. Y si tienes esa almohada, miel sobre hojuelas.

 
At julio 14, 2006 2:12 p. m., Blogger Eulalia said...

Déjate de tonterías, que nosotros podemos hacer como que tragamos, pero Hacienda no se va a creer la historia. Ya te puedes ir buscando otro origen para esa pasta gansa que te has mercado sabe Dios cómo.
De todos modos, un beso.

 

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